Escribir el cuerpo es uno de los actos más difíciles de la prosa contemporánea. No por el pudor — el pudor se entrena — sino porque el cuerpo, narrado, tiende a colapsar en dos extremos: la clínica o la celebración. Ambos son formas de huida.
Yo busco el tercer registro: el del cuerpo cotidiano, ese que entra y sale del cuadro sin pedir disculpas. El cuerpo que se cansa, que tiene frío, que se hace pequeño cuando alguien sube la voz.
Cuando logro escribir un cuerpo así — sin metáfora, sin programa, sin agenda — siento que el relato, por una vez, ha dejado de necesitar mi permiso para existir.
Si estas palabras te alcanzaron, deja tu marca.